¿Alguien de ustedes recuerda algo de cuando eran un espermatozoide?

Autor: Víctor Hugo Hernández Cedillo.

Yo, sí. Recuerdo que cuando nadaba cómodamente dentro del testículo izquierdo de mi padre; deseaba con fervor que llegara el gran día de la carrera para llegar rápido hasta el ovulo de mi madre, y así, ella me diera luz para poder respirar todo el mundo que me esperaba afuera…

Mis padres habían planeado todo para que solo naciera uno de entre los millones que nadaban junto conmigo, y yo, como buen hijo, me ejercité demasiado para poder salir rápidamente como bala hasta la suave, cálida y tierna meta.

El protocolo de ovulación más que sencillo, fue algo muy romántico. Antes de salir expulsado, me vestí con una playera rojiblanca. Vi a millones de espermatozoides con un jersey parecido al mío, éramos mayoría, siempre móviles y ágiles, con un ADN de mejor calidad, con ojos, cerebro y con un gran corazón rojiblanco ya formado, esto, aunque te parezca increíble.

Recuerdo que, al salir expulsado, tomé la delantera por sobre todos mis hermanos. Justo antes de llegar a la meta, vi que atrás de mí, venían dos más: Uno de camisa rojinegra y el otro con una amarilla.

Al primero se le veía un gesto de amargura, y a este último, se le notaba cansado y con cara de odio. ¡Yo no daba crédito de por qué esos raros espermatozoides también se habían reproducido en el cuerpo de mi padre! Por fortuna, siempre se mantuvieron en su testículo derecho, y varios de ellos quedaron atorados en su uretra, ya que se peleaban mucho entre ellos. Al verlos tan cerca de mí; moví mi cola y aceleré dejándolos muy atrás. Debía ser yo quien se metiera a esa célula que me esperaba con tanto anhelo.

 

Era el momento de entrar y liberar la proteína que impidiera el paso a todos los que me seguían. Quizá me vi egoísta, pero eso ya es parte de esta naturaleza de los coitos, así que se me debe perdonar por ello. Sí, ya sé, van a decir: “¡Pero qué memoria tiene este hombre!” o quizá me digan: “¡Pero qué tonterías escribe este hombre, eso es una locura!”.

No los quisiera decepcionar con ambas percepciones, se las respeto, pero siendo sinceros, pocos alguna vez recordamos cosas increíbles, y todos, siempre salimos de un aparato reproductor masculino y todos pasan, por medio de sus padres, así que es el mismo protocolo por el que pasé yo.

Viéndolo así, ¡No es una locura! Ya estando adentro, por ahí de la semana dieciocho, tuve mejor percepción de las cosas. Podía comer, oler, sentir y hasta escuchar. Desde aquí fue que me formé este ímpetu de ser Rojiblanco.

Los colores ya los traía tatuados, ya que hay cosas que no se tatúan con tinta. No fui rojiblanco de nacimiento, fui desde que yo provocaba que mi padre, hiciera todo lo posible por adelantar esa carrera y saliera expulsado hacía mi madre. Acá entre nos, puedo contarles sin pena, que estos son mis orígenes. No me avergüenzo. Lo que duró el embarazo, y gracias al cordón umbilical, no solo me llegaba alimento y oxígeno.

Me llegaba cada semana, la emoción de mis padres cuando apoyaban al Club Guadalajara, en ello, sentía el corazón palpitar de ambos. Eso arraigó desde mis entrañas, esta pasión que se desborda por mi sangre. Esos momentos me hacían vibrar, aún sin conocer físicamente a mis padres, y todo lo que representa el Club más querido. Bien dicen que el Deportivo Guadalajara, es un fenómeno social que mueve masas.

Yo le añadiría, también mueven e incentivan a millones de espermatozoides que esperan el momento de llegar en primer lugar a su destino, es por ello que somos la mayor afición, por ágiles llegamos antes que los demás, para así, conocer a quienes nos dieron la vida y conocer al club que nos dará la alegría de vivirla… Podría seguir contándoles mi travesía prenatal, y así escribir toda una autobiografía sobre esto, pero eso, eso ya es otra historia… Twitter: @Vichhc