Ciudad de México, 21 de octubre de 2019

•    Vulcanólogos reconstruyen la historia evolutiva de estas estructuras geológicas para evaluar su comportamiento y por tanto, su riesgo.  

Pequeños en su mayoría, los volcanes que hay en nuestro país suman poco más de 2 mil, estos se encuentran en zonas donde la corteza terrestre se fractura fácilmente ante la imponente fuerza de las placas tectónicas que permite a la lava abrirse paso desde el interior de la tierra. La lava no siempre asciende por el mismo camino, pero sí por aquellas zonas fracturadas por donde le es más fácil. Esto da lugar a la creación de nuevos volcanes que se mantienen muy activos durante cierto tiempo para después atenuar su incandescencia o de plano apagarse, tal como sucedió con el Paricutín, uno de los volcanes más jóvenes de México, el cual nació hace 76 años, pero solo 9 estuvo activo.

De acuerdo con el Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED), de los 2 mil volcanes que hay en México, 48 están activos y, de estos, según el doctor Hugo Delgado Granados, director del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), 18 son centrales, esto es que son focos de peligro y riesgo para la población, como el Popocatépetl o el Iztaccíhuatl. Advierte el doctor Delgado que en esta materia peligro y riesgo no son sinónimos y explica la diferencia:

“Puede haber volcanes que son sumamente peligrosos por su alta probabilidad de hacer erupción, pero pueden ser de bajo riesgo porque ninguna persona vive alrededor y por el contrario, hay volcanes de baja peligrosidad y alto riesgo que son aquellos que tardan largos periodos de tiempo en hacer erupción pero que cuando lo hacen afectan a grandes cantidades de ciudades y poblados”.

Para establecer un mapa de peligro y de riesgo, los vulcanólogos han reconstruido el pasado de los volcanes para entender sus patrones de erupción y determinar el grado de peligro o riesgo. Esta información se traduce en la toma de mejores decisiones o en la creación de políticas públicas que permitan evitar o mitigar el daño. Así, los vulcanólogos han trazado la historia eruptiva de volcanes como el Popocatépetl, la cual se remonta a 600 mil años atrás, mientras que hay otros, como el Ceboruco de Nayarit, que tiene una edad de 50 mil años y, por tanto, su historia puede ser muy distinta.

Los volcanes son como las personas, donde hay niños, adolescentes y adultos; y su comportamiento depende de la edad que tengan: “es poco probable que un volcán longevo cambie su hábito eruptivo, mientras que es más probable en uno joven y rebelde como el Ceboruco”.

Los vulcanólogos reconstruyen este pasado no solo a través de historias, también mediante el análisis de los sedimentos que arrojan los volcanes, de hecho, se diferencian entre aquellos que hacen erupción de forma explosiva y otros que emiten magma de forma fluida. En todo caso, “la función de la investigación científica es fundamental para la prevención de riesgos”, advirtió Hugo Delgado.

Políticas públicas

Al respecto, la doctora Elisa Nuñez, investigadora de la Oficina de Información Científica y Tecnológica (INCyTU) del Foro Consultivo Científico y Tecnológico, dijo que para prevenir debe haber una política orientada al monitoreo del volcán, en primera instancia, de modo que se realicen pronósticos basados en la evidencia científica.

La información generada por los científicos se conecta con el Sistema de Protección Civil, gracias al CENAPRED, para tomar decisiones de forma preventiva para proteger a la población mediante a estrategias y planes de acción que nos indican por ejemplo: dónde es viable construir casas que estén libres de riesgo, dijo Elisa Nuñez.