La política mexicana se ha visto envuelta en una serie de descalificaciones en los últimos días, no olvidemos que aunque oficialmente las campañas para la Presidencia de la República tienen poco de haber comenzado, es innegable que México es un país, que cuando menos en los últimos años ha sido activo en proselitismo, pues ya se ha visto ungirse bien a un presidente “legitimo” , nombrar gabinetes alternos, crear nuevos partidos políticos, reformar la ley para poder tener reelección, entre otras tantas situaciones que deberían hacer de la política un área de relevancia social e interés de adultos, jóvenes e inclusive niños, lo que por supuesto no sucede.

A la falta de un origen ideológico y el apego a una visión clara de país, a estatutos e idearios, el hambre de poder es lo que vive y con lo que se alimentan algunos que han vivido de los impuestos de los ciudadanos “nadando de a muertito”, sin lograr cambios o verdaderas transformaciones sociales, sin desarrollar municipios, ni legislar para las clases necesitadas, antes bien han beneficiado por años a unos pocos, lo han hecho ayudando a amigos y familiares, han amasado riqueza haciendo uso de los cargos públicos, se han atrevido a comprar voluntades ( si no es que hasta vidas), para seguir explotando al país desde distintas áreas, es ahí en donde está el hartazgo, justo en las prácticas de los políticos encontramos la respuesta al repudio del grueso del pueblo, al no ver llegar a sus localidades empleos bien pagados, servicios de salud, escuelas dignas o simplemente un camino pavimentado para un fácil tránsito, estando en espera de una mejor vida por décadas, generaciones y toda una vida.

A la hora de las campañas, como desde hace mucho se escuchan las cansadas promesas, que siendo realistas cuando son enunciadas con buena retorica se siguen creyendo, pero como los castillos de arena, una vez que se pregunta cómo se va a lograr un cambio o una transformación, de dónde saldrá el dinero o bajo qué esquema, se titubea denotando la mentira que se esconde detrás de la palabrería, terminando destruido como todo aquello que nace mal y así acaba.

Cuando no hay propuestas, hay descalificaciones, cuando se ignora, se ataca, cuando la materia gris no acepta ideas, entonces hay quienes se cierran de corazón y mente, despotrican en contra de todo aquello que no está alineado a su interés o forma de ver la vida. La intolerancia prevalece en la vida política disfrazada del mas sucio argumento, que se deja notar cuando de la lengua de los candidatos o de los miembros de sus equipos se escuchan despectivas palabras como lo fue en su momento la “chachalaca”, como lo es la usada por un periodista en tiempo reciente los “chairos” o refiriendo como “mafia” a los que bien o mal fueron gobierno, con el voto ciudadano, es decir con la elección de la mayoría de la ciudadanía en su momento.

Dice un dicho que “tanto peca el que mata la vaca como el que le agarra la pata”, lo que nos lleva a la reflexión de que mientras se participa en la política y sólo se ataca, no se abona y también se es parte del problema, pues bien o mal el dinero de las campañas es recurso del pueblo, y en todos los casos los candidatos que se encuentran en la contienda, saben lo que es vivir del presupuesto y en muchas ocasiones tienen cuentas por aclarar, además de que no se puede seguir llamando a la movilización y decir que están en busca la paz, es improcedente habar de amor pero incitar al oído, pues estas cosas son las que han hecho que los jóvenes, los adultos y seguramente hasta los niños, no quieran saber de las y los políticos, lo que es tan antidemocrático como lo es creer que sólo uno tiene la razón.

Es momento de volver los ojos a la gente, de que los políticos se ganen a la ciudadanía, no con dadivas, no con las despensas, los vales o las tarjetas de descuento, sino desde adentro, mostrando quienes son con hechos, con datos, con honestidad, que se note en el respeto con el que debaten, con los gestos con los que saludan, con los actos no actuados sino naturales, pero sobre todo refiriéndose con los suyos y la ciudadanía en general con el máximo respeto que debe tener aquel o aquella que quiera ser quien represente a México ante el mundo.

Si en público hemos sido testigos de descalificaciones, que será en lo particular y si se considera que en lo corto fuman la pipa de la paz y su relación es de amigos, entonces sólo hay de dos sopa, o bien se respetan en público, o dejan de aparentar, dejan de engañar, y evitan tratarnos como trastornados.

Las autoridades han tenido tiempo para que se les crea, algunas tiene más tiempo de haber visto la luz, más que otras pues hay dependencias de reciente creación en el escenario político, incluso la propia ley cambio de nombres de COFIPE a LEGIPE y para su aplicación muchos han tendido las riendas, siendo titulares y encargados del logro de la democracia en México, es momento de que sean estrictos y escrupulosos, siendo árbitros que no censuren pero sí que llamen la atención a aquellos que con faltas que pudieran parecer menores como la mentira o la grosería, alejan a la gente del interés y la participación activa en la política de su país.

Hace falta regular las redes para evitar la liviandad de los dedos, conducidos por mentes atroces que linchan mediáticamente a quien piensa diferente y urge el cumplimiento de códigos de ética básicos que en medio de la riqueza del lenguaje seleccionen las palabras correctas para que no sea motivo de admiración, la incitación a la violencia atreves de lo que se escribe o se dice, no se pude ir por el mundo hablando de amor o de paz, pero enjuiciando y señalando de rateros sin

pruebas, sino para que los ministerios públicos y los tribunales, tampoco se puede excusar en la libertar de expresión a los que por dos pesos serian capaz de vender su alma al diablo.