Se encontraba sentado en el jardín de mi casa bebiendo un rico café. Era una pena que ese día soleado no pudiera beber cerveza, porque según algunos especialistas, la levadura altera mi sistema nervioso y eso me puede llevar a tomar decisiones equivocadas (¡como enamorarme!). Así que solo podía tomar café por mucho que se me antojara la cerveza. ¡Ese día me pasó algo mágico! Después de un rato de agradable lectura, tuve un encuentro con una nube. Y yo como vigía de un faro que nunca existió estando sobre mi jardín contemplando las diversas nubes que se formaban, algunas de ellas eran enormes como si fueran sábanas de fantasmas enormes. He visto diversos tipos de nubes: Cirros, cirrocúmulos, cirrostratos, estratocúmulos, etc. Pero nunca una nube en forma de Chiva.
Con eso que desde niño siempre se me dio andar buscándole formas a las nubes; nunca tuve éxito de encontrarme con una así. Apareció sobre mi jardín justo en el momento que salía de su casa mi vecino Ruperto (quien es un ex piloto aviador y conoce todas las formas de nubes) y, siendo un hombre letrado y de conocimiento infinito, al comentarle yo mi descubrimiento, me señaló con su ronca voz que ha fumado puros toda su vida:

– Eso que tú ves no es tal cosa, la asociación que mencionas, tiene un nombre: Pareidolia.
– ¡Zas! Un nombre más raro que el suyo, le dije. (Con todo respeto a los Rupertos).
– Ríete tú del nombre que le han ido a poner a algo que yo ya sabía y que resulta tan fácil. Porque, supongamos, si yo veo una nube en forma de gallina, es porque la nube tenía forma de gallina. ¿O no? No es tan difícil de entender. Nadie puede ver, en una nube con forma de gallina, a una gallina poniendo un huevo sobre un cesto. Digo yo. O sea que yo estoy “pareidolizando” simplemente por ver lo que todo el mundo puede o no ver. ¡Vaya aberración! ¿No lo crees?, me dijo.

Con todo lo dicho se me vino a la mente que una vez, de varias, en que fui con el psicólogo. Era un señor con barba abundante (al parecer es requisito imprescindible para ser un buen terapeuta), de poca cabellera y anteojos, que llevaba puesto un traje de cuadritos infinitos (como si fuera un ajedrez enorme). Pues el buen psicólogo, una vez expuestos mis antecedentes (que son muchos y que no vienen al caso mencionar) tuvo la grandiosa idea de mostrarme un papel con figuras. Sí, así como lo oyen, o, mejor dicho, así como lo leen. ¡Pero lo peor no era eso! Fue que este hombre de barba abundante me preguntó que qué veía yo allí. Como era incierta la pregunta y no me lo señaló muy bien, yo miré hacia la mesa, pensando que, ni loco (porque se suponía que eso era yo), querría que le dijese que se le había manchado ese papel. Así que empecé a enumerarle los objetos que estaban sobre su escritorio: una pluma, un libro, un teléfono, una foto… Al decir lo de “teléfo…”, el psicólogo me detuvo. Así que, en mi pobre ignorancia (que no era locura) pensé que había acertado todo. No, no Sr. Víctor –me exclamó. Le quiero decir es: ¿qué es lo que usted ve dentro de este papel? ¡Usa la imaginación! Fue en eso que abrí los ojos como dos almejas enormes. Y en un susurro apenas audible y, no sin antes tomarme un tiempo, señalé: ¿una chiva? El terapeuta se tocó la frente con su mano derecha, se recargó sobre su silla, respiro profundo y me miró como quien ve a un extraterrestre. ¿Solo ves una chiva? –me preguntó. En ese instante solo se me vino una cosa a la mente: si este señor trajeado y “barbeado” se extraña de que yo solo vea una chiva en ese papel debo de estar yo loco de remate.
No satisfecho el psicólogo y, con cara de asombro, dejó el papel mostrado sobre el escritorio para enseñarme uno nuevo.

– ¡A ver, Víctor!, dime ¿qué observas en este?, preguntó.
– Una mancha grandota en el centro, respondí.
– ¿Y en este?, preguntó de nuevo con voz cansada.
– Otra mancha enorme, le dije.

Tuve que mentir, no le fui fiel a lo que yo veía solo para que el psicólogo no se molestara, ni me cobrara más sesiones. Recuerdo que, al llegar a la media docena de manchas, el barbudo descansó y dejo salir el aire de sus pulmones. Sacó su libreta y escribió un par de líneas. Salí de aquel consultorio con una dosis algo elevada de Orfidal, pero eso sí, con todos mis ideales encima e intactos.
Nunca más volví con el experto en manchas, pero esa tarde estando en el jardín, después de recordar todo esto y, a la par que memorizaba la palabra pareidolia, he caído en la conclusión de que sí hubo una mancha que me resultó igual a todas. ¿Saben cuál es? ¡Efectivamente! Una mancha con la forma de una chiva…

Twitter: @Vichhc