La amiga y el amigo.
La amiga y el amigo.
Arena suelta
Por Tayde González Arias
Qué inesperada es la muerte, que a pesar de que muchos parece que la buscan trae para algunos una tristeza sin consuelo. Dicen que a eso venimos a esta vida, que nacimos para morir y no hay falla en esas reflexiones, pero es imposible no recordar los momentos vividos al lado de ese ser que se nos fue, se nos adelantó y nos espera en el más allá.
Si bien es cierto que a los muertos hay que dejarlos descansar, es imposible para muchos olvidar lo bueno o malo, pero sobre todo lo primero que tanto o mucho nos hicieron disfrutar, reír llorar, poco o mucho en algún momento en que coincidimos.
Cuántas personas han pasado por nuestras vidas, cuántas se fueron y a cuántas volveremos a ver, tal vez no lo recordemos, pero a quienes dejamos entrara a la recamara del alma, y comer junto en el mesón del corazón, llamándoles amiga o amigo, son en efecto esa familia elegida, esa hermana o hermano que no llevan nuestra sangre pero que está a nuestro lado para cuando el alma se cansa, el cuerpo se quiebra o el amor se rompe.
Algunos tenemos muchos amigos, otros muy pocos, pero es

casi imposible y hasta poco humano irnos de este mundo sin que a alguien le llamáramos amigo, pero sobre todo sentir ese apego, ese afecto ese cariño que nos hace sentir que no estamos solos, que si necesitamos algo se podrían desprender sin dudar de lo suyo para entregárselo sin titubear.
Decía y decía bien el cantautor argentino Alberto Cortez, que Cuando un amigo se va queda un espacio vacío, que no lo puede llenar, la llegada de otro amigo, como recordando y diciendo que cada quien tiene su sabor, su carácter, su eso que no se qué sé yo, que hace que cuando aceptas una amistad, sabes que se trata de alguien que es tan especial que no se parece a alguien más, sobre todo porque sale lo mejor de nosotros al estar con él o ella, y porque sí también sale lo peor sabemos que es porque por algo grave está pasando y es cuando te puede necesitar seguramente más.
Y es que, hay amigos a los que la distancia no les importa para irte a visitar, o que apenas pueden y van y te buscan y te encuentran, y en ese encuentro el abrazo es tan fuerte sin apretar los brazos que toca el alma, la mente y ofrece un calor que recorre de la punta del cabello al dedo gordo del pie.
Pasados los años, acabada la vida, los amigos estarán ahí, llorando o sonriendo, pero siempre contando a la familia, los conocidos o los allegados, sobre lo mejor que pasaron juntos, de los tragos amargos que compartieron al unísono de esas veredas, senderos y caminos.
Cuántos amigos dejaron un tizón encendido, que no se puede apagar
ni con las aguas de un río…
Esta colaboración la dedico enteramente a una amiga que cuando visitaba la antigua Taximaroa hoy Ciudad Hidalgo, me recibía con emoción, y siempre que sucedía algo cultural o artístico, me lo hacía saber. Supe después que era psicóloga, después que le gustaba la locución, la crónica, pero siempre sentí en ella el amor por la vida, y me lo supo contagiar tan bien que ahora sufro una fiebre eterna con la que moriré por la pandemia de su amistad; Joss Morales.







